Archivo / Carta encíclica / 2026
Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial
La encíclica más reciente de este archivo, firmada exactamente al cumplirse 135 años de Rerum Novarum —no por casualidad, León XIV eligió ese nombre—. Si León XIII tuvo que pensar la dignidad humana frente a la máquina de vapor y la fábrica, León XIV la piensa frente a la inteligencia artificial. La pregunta de fondo, sin embargo, es la misma de siempre: ¿qué proyecto de humanidad estamos construyendo?
León XIV organiza toda la encíclica alrededor de dos imágenes bíblicas que conviene tener siempre presentes mientras la lees: la torre de Babel (Gn 11,1-9), donde la humanidad, «sin referencia a Dios», construye una obra grandiosa pero «sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia»; y la reconstrucción de los muros de Jerusalén bajo Nehemías (Ne 2-6), donde el pueblo entero —sacerdotes, artesanos, mujeres, jóvenes— levanta de nuevo, piedra por piedra, una ciudad destruida, no por orgullo, sino por responsabilidad compartida. «La primera elección», escribe el Papa, «no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén».
Tras un primer capítulo que recorre el desarrollo de la Doctrina Social desde León XIII hasta hoy, y un segundo que repasa sus principios fundamentales —dignidad de la persona, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad, justicia social— aplicados al mundo digital, la encíclica entra de lleno en el tema de la inteligencia artificial. León XIV es cuidadoso: no demoniza la técnica ni la idolatra. Reconoce que la IA puede ser «una ayuda valiosa», pero advierte con firmeza que no es moralmente neutra: «todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades», y que confiar a un algoritmo decisiones sobre la vida, el trabajo o el valor de una persona es «encomendarle la tarea de redefinir los límites de las posibilidades humanas».
Dos capítulos finales abordan consecuencias muy concretas: el impacto de la IA en el trabajo (automatización, vigilancia algorítmica, nuevas formas de precariedad), en las nuevas esclavitudes (el trabajo invisible —y a veces infantil— detrás de cada respuesta «inmediata» de un sistema de IA, desde el etiquetado de datos hasta la extracción de minerales), y en la guerra (armas autónomas, erosión del control humano sobre la decisión de matar). La encíclica cierra pidiendo «desarmar» la inteligencia artificial —no rechazarla, sino sustraerla a la lógica del dominio— y reconstruir, como Nehemías, una civilización del amor.
No hace falta ser ingeniero ni experto en tecnología para que esta carta te interpele: basta con tener un teléfono en la mano y una conciencia despierta.
En tu familia, tu trabajo, tu parroquia: ¿estás levantando una pequeña torre de poder y control, o ayudando a reconstruir, piedra por piedra, la confianza rota?
¿Usas la inteligencia artificial como una herramienta al servicio de tu libertad y tu juicio, o le has cedido decisiones que solo tu conciencia debería tomar?
¿Te importa saber qué manos humanas —muchas veces de jóvenes mal pagados, otras de niños extrayendo minerales— sostienen, en la sombra, la respuesta «inmediata» que recibes de un sistema de IA?
¿Mides tu propio valor, o el de los demás, por el rendimiento y la productividad, olvidando que la dignidad humana «no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada»?
¿Le temes a tu propio límite —la edad, la enfermedad, el fracaso, la lentitud— como si fuera un defecto que hay que corregir a toda costa, en vez de un lugar donde madura el amor?
¿Alimentas, en tus conversaciones y en tus redes, la lógica del «amigo-enemigo», o estás dispuesto a desarmar tu propio lenguaje en una sola conversación difícil esta semana?
Toda la encíclica está tejida sobre dos relatos del Antiguo Testamento. Léelos primero; el resto de la carta se entiende mucho mejor después.
La construcción de la torre de Babel: una obra grandiosa, «cuya cúspide llegue hasta el cielo», nacida del orgullo de bastarse a sí misma y que termina en dispersión, no en unidad.
Génesis 11:1-9Nehemías, ante el desastre de Jerusalén, ora y ayuna antes de actuar, y luego convoca a todo el pueblo —no solo a los poderosos— para reconstruir lo que estaba en ruinas.
Nehemías 2:17-18«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.» La dignidad humana no nace de lo que producimos: nace de haber sido creados a imagen de Dios.
Génesis 1:26-27«¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria […]? Le hiciste poco menor que los ángeles.» Una pregunta tan antigua como la propia humanidad, hoy planteada frente a la máquina más sofisticada jamás creada.
Salmos 8:4-6«Cada vez que lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» El criterio final para juzgar cualquier sistema, cualquier tecnología, cualquier economía: ¿qué le hizo al más pequeño?
Mateo 25:40«Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.» Ninguna inteligencia artificial, por sofisticada que sea, puede encarnarse, sufrir, amar o morir por alguien. Solo Dios hecho hombre lo hizo.
Juan 1:14«De manera que si alguno está en Cristo, nueva criatura es.» El verdadero «más que humano» no es la mejora técnica: es la gracia que transforma desde dentro.
2 Corintios 5:17La nueva Jerusalén que desciende del cielo, con sus puertas abiertas a todas las naciones: la imagen final de toda reconstrucción humana verdadera, que solo Dios completa.
Apocalipsis 21:1-4No necesitas entender de algoritmos para responder estas preguntas. Necesitas, eso sí, apagar la pantalla un momento y mirar de frente tu propia vida.
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El texto íntegro y oficial de Magnifica Humanitas, en español, publicado por la Santa Sede.
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«La pregunta nunca fue solo qué puede hacer la máquina. La pregunta siempre fue, y sigue siendo, qué clase de ser humano estás dispuesto a seguir siendo tú.»
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