Archivo / Carta encíclica / 2024
«Nos amó» — sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo
La última encíclica de Francisco, escrita al cumplirse 350 años de las apariciones del Corazón de Jesús a santa Margarita María de Alacoque. Después de haber escrito sobre la fe, la creación y la fraternidad, el Papa vuelve, al final de su pontificado, a la fuente de todo lo demás: el corazón. Sin un corazón que se deja amar, advierte, hasta el mejor proyecto social se vuelve frío, ideológico, sin alma.
«Nos amó», dice san Pablo refiriéndose a Cristo, «para ayudarnos a descubrir que de ese amor nada podrá separarnos». Con esa cita de Romanos abre Francisco esta encíclica, que podría resumirse en una sola convicción: antes de cualquier programa, cualquier doctrina, cualquier proyecto social, hace falta un corazón que se ha dejado amar. El Papa constata que vivimos en una cultura que ha vaciado de sentido la palabra «corazón»: para la biología es solo un músculo; para la cultura del rendimiento, apenas un obstáculo emocional que conviene controlar. Pero la Escritura usa «corazón» para nombrar a la persona entera, el lugar donde no se puede mentir, donde se decide realmente a quién y a qué se ama.
La encíclica recorre la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús —sus orígenes, sus santos, su sentido teológico— para mostrar que no es una devoción «sentimental» de otra época, sino la clave para entender de dónde puede nacer hoy un amor capaz de no agotarse: ni en el activismo sin oración, ni en la devoción privada sin compromiso. El Corazón abierto de Cristo en la cruz es, literalmente, la fuente.
Por eso el documento no se cierra en la intimidad: Francisco insiste en que este amor, si es real, se desborda necesariamente hacia lo social. Retoma así el hilo de Fratelli Tutti y recuerda que «no hay mayor gesto que podamos ofrecerle [a Cristo] para devolver amor por amor» que el amor concreto a los hermanos, sobre todo a los más pequeños. Una encíclica sobre el corazón termina, inevitablemente, hablando de las manos: las manos que sirven, que abrazan, que reparan.
No es una invitación a la piedad sentimental: es una invitación a dejarte herir de verdad por un amor que, si lo recibes, no puede quedarse encerrado en ti.
Todo se mide, se acelera, se calcula a tu alrededor. ¿Le das al silencio, a la oración sin prisa, algún lugar real en tu semana?
¿Tu vida pública —lo que muestras en redes, en el trabajo, en familia— coincide con lo que realmente hay en tu corazón, o vives en permanente disimulo?
¿Tu compromiso social —si lo tienes— nace de un corazón que ora, o se ha vuelto un activismo frío, casi ideológico, sin Cristo en el centro?
¿Está tu corazón atrapado en «los engranajes de un consumo alienante», sin tiempo ni espacio para reconocer lo que realmente anhela?
¿Te animas a ofrecer tu propio amor —tu oración, tu paciencia, tu servicio— como reparación del desamor de tantos hacia Dios y hacia los más pobres?
Si el amor de Cristo es un don recibido, ¿qué gesto concreto —no una idea, un gesto— le vas a devolver hoy a Él en la persona de un hermano?
El Corazón de Cristo no es una devoción al margen de la Escritura: nace de ella, herida tras herida, palabra tras palabra.
«Uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua.» El gesto histórico, físico, que da origen a toda la devoción al Corazón de Jesús.
Juan 19:34«Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.» Todo amor cristiano es, siempre, una respuesta: nunca empieza en nosotros, empieza en Dios.
1 Juan 4:10.16«¿Quién nos separará del amor de Cristo? […] Ni la muerte, ni la vida […] nos podrá separar del amor de Dios.» La certeza más sólida que un corazón humano puede tener.
Romanos 8:35.39«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.» El propio Jesús describe su corazón, y lo describe como un lugar de descanso, no de exigencia.
Mateo 11:29«¿No ardía nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino?» Los discípulos de Emaús reconocen a Cristo resucitado no con la razón, sino con el ardor del corazón.
Lucas 24:32«Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él brotan los manantiales de la vida.» Cuidar el corazón no es opcional: es cuidar la fuente misma de la propia vida.
Proverbios 4:23«Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros […] os daré corazón de carne.» La promesa de un corazón que ya no esté endurecido, sino vivo.
Ezequiel 36:26María «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». El modelo de cómo recibir y custodiar, sin prisa, lo que Dios va revelando en la propia vida.
Lucas 2:19.51Esta vez la pregunta no es solo qué haces: es qué hay, de verdad, en el fondo de tu corazón cuando nadie te está mirando.
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«No hace falta entender todo sobre el amor de Dios. Hace falta dejarse amar primero, y después, con ese mismo amor recibido, salir a buscar a alguien que hoy necesite el tuyo.»
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